Teresa Díaz, directora ejecutiva de la Red Nacional de Territorios Creativos, destaca que el presupuesto nacional trasciende su función técnica y se convierte en una poderosa declaración política. Según Díaz, este presupuesto refleja las prioridades de un país, evidenciando qué sectores son considerados como esenciales y cuáles son relegados. En el contexto chileno, la cultura ha recibido apenas el 0,6% del gasto público en el último año, una cifra que contrasta notoriamente con la inversión cultural de otras naciones que han reconocido su importancia como parte de la estrategia de desarrollo e identidad nacional. En este contexto, los recientes recortes anunciados al presupuesto cultural para el 2026 se presentan como una previsión alarmante que coloca a la cultura una vez más en una posición de ajuste y marginalidad.
Díaz argumenta que la cultura y las industrias creativas no deben ser vistas como sectores marginales o accesorios, pues representan un significativo 2,2% del Producto Interno Bruto (PIB) de Chile. Este sector no solo genera alrededor de 150 mil empleos, sino que además promueve el emprendimiento y la innovación, activando economías locales y fomentando la inclusión social. La cultura tiene la capacidad única de producir valor simbólico, construyendo identidad y fortaleciendo el sentido de pertenencia social. «¿Qué otro sector económico es capaz de generar riqueza material al tiempo que alimenta lo que nos constituye como comunidad?», se pregunta Díaz, iluminando así la vital importancia de la cultura en la sociedad chilena.
La cultura se manifiesta en diversas formas que nos acompañan en la vida diaria: se encuentra en la música, el arte, y las experiencias compartidas en espacios públicos. Iniciativas como el festival Reino Fungi en Pucón, los barrios creativos de Yungay en Santiago, y las rutas culturales en Valdivia fortalecen el tejido social y económico del país. Estas no son meras actividades aisladas, sino que conforman ecosistemas productivos que articulan el desarrollo en distintos territorios. La riqueza del quehacer cultural en Chile resalta la necesidad de comprender estos esfuerzos como parte integral del desarrollo nacional, no como simples eventos de entretenimiento o lujo.
La dimensión emocional que aporta la cultura es también relevante. Como señala Díaz, la palabra «emoción» proviene del latín «emovere», que significa mover hacia afuera. La cultura tiene esa capacidad de conmovernos y conectarnos, creando un sentido de comunidad y solidaridad. Un país que disminuye su inversión en cultura no solo compromete un sector económico; también empobrece los espacios donde se construye la memoria y el sentido compartido. De esta forma, el debate sobre la cultura se convierte en uno que va más allá de lo presupuestario, planteándose como una discusión conceptual sobre la inversión ante el gasto.
Díaz finaliza enfatizando que el desafío para Chile es reconocer la cultura como una inversión estratégica que potencia otros sectores como el turismo, la educación y el desarrollo sostenible. A diferencia de países como España, que han integrado las industrias culturales en sus estrategias de internacionalización, Chile todavía se encuentra debatiendo si la cultura merece un lugar prioritario en el desarrollo nacional. En un mundo donde la identidad y la autenticidad son cada vez más valiosas, reducir el presupuesto cultural resulta ser, además de un error económico, un grave desatino en términos sociales y comunitarios, pues lo que se está debilitando no es solo un rubro, sino la propia esencia de lo que significa ser una comunidad.













