Lunes 28 de abril de 2025, una jornada que quedará marcada en la memoria colectiva de España y Portugal como el día del mayor apagón eléctrico en su historia. Lo que comenzó como un simple inconveniente en una llamada telefónica internacional rápidamente se transformó en un caos generalizado, ante la desolación de una terminal de aeropuerto completamente sumergida en la oscuridad. La falta de información y comunicación convirtió a los viajeros en prisioneros de un sistema que, hasta ese momento, todos daban por hecho. No se había previsto alcanzar el ‘auténtico cero’, y así, los pasajeros del aeropuerto de Barajas se enfrentaron a una situación de desconcierto total cuando los sistemas de emer-gencia y la megafonía dejaron de funcionar.
Mientras los viajeros trataban de entender la magnitud de lo que estaba ocurriendo, el ambiente se tornó tenso. Tiendas cerradas y ventas bloqueadas se sumaron al desasosiego de quienes intentaban realizar sus pagos en un escenario donde la electricidad había desaparecido sin previo aviso. Algunos decidieron marcharse, mientras otros quedaban atrapados en una maraña de incertidumbre, sin saber si habían concluido sus transacciones. Fue un claro reflejo de cómo la dependencia de la tecnología y la sistematización de procesos puede desmoronarse en un abrir y cerrar de ojos.
Al abordar finalmente el avión, la promesa de seguridad y autonomía de la aeronave quedó cuestionada ante la inoperancia del sistema de escalera de abordaje. Aunque los sobrecargos intentaban tranquilizarnos, la realidad es que la situación era más grave de lo que nos hacían creer. Mientras algunos viajeros buscaban desesperadamente una señal en sus teléfonos, la curiosidad y la preocupación se cruzaban en miradas silenciosas. El comandante, aunque consciente de la gravedad de la situación, ofrecía información limitada, dejando que los pasajeros se dejaran llevar por la ansiedad y las especulaciones.
La historia del apagón del 28 de abril no es solo el relato de un día nefasto en el transporte aéreo, sino una crónica de una crisis energética anunciada. Años atrás, expertos y académicos ya discutían la fragilidad de una red eléctrica que, incluso ante las mejores intenciones y promesas del sector, siempre había presentado fallas ante eventualidades mayores. Aquel día, las advertencias se convirtieron en realidad, y con ellas, un sombrío recordatorio de que un sistema eléctrico, por perfecto que parezca, jamás puede considerarse a salvo de un colapso.
En un contexto marcado por el cambio climático, la industria eléctrica se enfrenta a retos que van más allá de lo imaginable. Las condiciones extremas y el estrés en la infraestructura son partes de un panorama que la privatización ha complicado aún más. En esta nueva era, donde la priorización de la rentabilidad se ha vuelto la norma, nunca se discute suficientemente quién asume el riesgo de seguridad. A medida que avanzamos hacia un futuro no muy distante, la necesidad de medidas concretas y protocolos de emergencia se hace más evidente, y es imperativo que se tomen acciones para evitar que incidentes como el del apagón del 28 de abril se repitan en el futuro.













