Mientras las familias chilenas se preparan para celebrar el Año Nuevo, la infraestructura sanitaria del país enfrenta uno de sus mayores desafíos anuales. El 31 de diciembre -una fecha conocida por su ambiente festivo- se convierte en un verdadero campo de batalla invisible para los servicios de agua. Según datos históricos, el consumo de agua potable en Santiago se incrementa hasta un 30% en comparación con días normales, demandando aproximadamente 580 millones de litros adicionales. Esta situación no solo resalta la elevada presión que sufren las instalaciones, sino que también expone la crónica vulnerabilidad de nuestra matriz hídrica, que ya está bajo amenaza por los efectos del cambio climático y el aumento de la población.
El impacto del calor estival acentúa aún más esta presión. Las altas temperaturas, que superan los 30°C durante los días de Año Nuevo, contribuyen a una demanda adicional del 20% debido a actividades como el llenado de piscinas y el riego de jardines. Especialmente preocupante es la situación en las regiones turísticas, como la zona costera de Valparaíso, donde el aumento de visitantes puede generar un desmesurado incremento del consumo de agua, proyectado hasta un 37% este verano. Las plantas de tratamiento de aguas servidas, diseñadas para un volumen de uso muy diferente, se enfrentan al riesgo de colapso, poniendo en jaque la calidad de los servicios públicos y el bienestar de los ciudadanos.
Ante este escenario recurrente, la gestión del agua debe ir más allá de las simples campañas de ahorro. La necesidad de diversificación de fuentes hídricas es crítica y aquí la tecnología de desalinización se presenta como una solución viable y necesaria. Esta técnica, que anteriormente se consideraba del futuro, ha comenzado a abrir paso a una nueva forma de gestionar el recurso en el norte de Chile. Antofagasta se alza como un ejemplo a seguir, habiendo logrado abastecerse completamente de agua de mar gracias a la ampliación de su planta desaladora, lo que ha permitido un aumento del uso de esta fuente de 423% en la última década por parte de la industria minera, aliviando así la presión sobre los acuíferos continentales.
Inversiones como la inminente planta desaladora multipropósito en Coquimbo, que cuenta con un financiamiento de 318 millones de dólares, son pasos fundamentales hacia la sustentabilidad hídrica. Este proyecto no solo beneficiará a más de 500 mil personas directamente, sino que también representa una medida crítica para blindar a las ciudades ante la sequía. La infraestructura hídrica debe ser capaz de garantizar el acceso al agua y saneamiento durante todo el año, sin importar las circunstancias climáticas. Es esencial que la planificación y desarrollo de estas tecnologías se conviertan en una prioridad y no en una reacción ante la crisis.
La desalación ofrece una alternativa continua y estable que puede descomprimir los sistemas de embalses y aguas subterráneas actuales, permitiendo una mayor resiliencia ante la sequía y estrés hídrico. Para avanzar en esta dirección, es imperativo adoptar una estrategia a largo plazo en la gestión hídrica, potenciando la tramitación de proyectos y fomentando la inversión en infraestructuras sofisticadas. Chile cuenta con el océano y con la tecnología necesaria; lo que falta es la voluntad decidida de transformar la vulnerabilidad hídrica en una sólida resiliencia, haciendo de esta situación no solo un desafío, sino una oportunidad histórica para avanzar hacia un futuro más sostenible.













