Los piojos, pulgas y tenias han sido parte del viaje evolutivo de la humanidad, coexistiendo con nosotros a lo largo de los siglos. Sin embargo, en la era moderna, un nuevo tipo de parásito ha emergido, que no se asemeja a ningún invertebrado chupasangre. Este parásito, que hoy en día es parte de la vida cotidiana de millones de individuos, es el teléfono inteligente. Este dispositivo elegante, dotado de una pantalla de cristal, no solo roba nuestro tiempo y atención, sino que también recoge y monetiza nuestra información personal. En un artículo reciente de la revista Australasian Journal of Philosophy, un grupo de investigadores plantea que los smartphones representan una forma única de parasitismo social, sugiriendo que su uso plantea riesgos significativos para la estructura social actual.
A la luz de la biología evolutiva, un parásito se define como una especie que establece una relación benéfica a expensas de otra. Por ejemplo, los piojos dependen completamente de los seres humanos para subsistir, alimentándose de su sangre sin ofrecer ningún beneficio a cambio. Este intercambio desigual se repite en la interacción que tenemos con nuestros teléfonos inteligentes. Aunque estos dispositivos nos proporcionan herramientas útiles, como la navegación en tiempo real y el acceso a información valiosa, el precio que pagamos es considerable: nuestra atención se convierte en un producto que las empresas tecnológicas explotan para sus propios fines.
La evolución de nuestra relación con los teléfonos inteligentes ha pasado de ser un mutualismo, donde ambos, el usuario y el dispositivo, se benefician, a una asociación parasitaria. Inicialmente, los smartphones facilitaron la comunicación y la obtención de información, pero a medida que su uso se ha convertido en omnipresente, han comenzado a perjudicar el bienestar humano. Esta dependencia ha derivado en problemas como la disminución de la calidad del sueño, el deterioro de las relaciones interpersonales y un aumento de los trastornos del estado de ánimo. Este cambio de relación nos lleva a cuestionar cómo hemos permitido que nuestra vida cotidiana sea dominada por la tecnología.
La distinción entre mutualismo y parasitismo en la tecnología se hace evidente cuando analizamos cómo algunas aplicaciones están diseñadas para atraer y mantener nuestra atención de manera que beneficia únicamente a las empresas desarrolladoras. Los datos que recopilamos mientras navegamos se utilizan como recursos para manipular nuestro comportamiento y mantenernos enganchados a las pantallas. Concebir esta dinámica como una relación de huésped y parásito permite una comprensión más crítica de la situación, y resalta la urgencia de replantear cómo interactuamos con estos dispositivos para revertir la tendencia parasitaria que caracteriza la relación actual.
Para contrarrestar esta explotación tecnológica similar a la parasitaria, es necesario adoptar un enfoque vigilante y proactivo. Al igual que los peces en el mundialmente famoso sistema de limpieza de la Gran Barrera de Coral, que establecen medidas para protegerse de los lábridos que podrían hacer trampa, los usuarios deben ser igualmente cautelosos. Si bien esta vigilancia no es fácil debido a la publicidad encubierta de los algoritmos adictivos, es crucial promover acciones colectivas. La prohibición de redes sociales para menores, como se ha planteado en Australia, representa un paso hacia la regulación de estas tecnologías. Asimismo, restringir las funcionalidades adictivas de las aplicaciones y la recolección de datos es fundamental para restablecer un equilibrio más saludable en esta relación tan desigual.













