El más reciente río atmosférico que ha azotado a Chile ha dejado cifras nunca antes vistas, generando una preocupación creciente sobre la seguridad hídrica en el país. Según la Dirección Meteorológica de Chile, localidades como La Serena registraron casi 176,4 mm de lluvia, lo que equivale a diez veces el promedio normal para el mes de julio. Mientras que en Atacama, las precipitaciones sobrepasaron las cifras anuales habituales, lo que refleja una inquietante realidad: los fenómenos climáticos extremos, que antes eran considerados excepcionales, se han vuelto más comunes. Esto ha dejado no solo un entorno diverso en términos de recursos hídricos, sino también una infraestructura dañada y un costo estimado que oscila entre los 400 y 500 millones de dólares, lo que resalta la urgencia de abordar la seguridad hídrica con una planificación adecuada y a largo plazo.
La situación actual en Chile ha puesto de manifiesto que, más allá de la escasez de agua, el país enfrenta el desafío de gestionar los extremos hídricos, desde las sequías hasta las inundaciones. En solo unas semanas, el foco de atención ha pasado de la falta de agua a los daños causados por las lluvias intensas y la necesidad de restaurar la infraestructura esencial. Este cambio de perspectiva invita a analizar cómo el país puede convivir con un recurso cada vez más incierto, evidenciando que la búsqueda de soluciones no puede limitarse a debatir si son más necesarios los embalses o las plantas desaladoras. En realidad, ambas opciones pueden ser relevantes, pero no representan la solución integral que Chile necesita hoy.
La clave para garantizar la seguridad hídrica radica en adoptar un enfoque holístico que no solo contemple la construcción de nuevas obras, sino también el fortalecimiento de la infraestructura existente, la diversificación de las fuentes de agua y la implementación de tecnologías innovadoras. Es imperativo promover la recarga de acuíferos y el reúso de aguas, así como integrar herramientas digitales que optimicen la gestión de cuencas. La planificación estratégica debe ser adaptativa a condiciones climáticas cambiantes y no debe ceñirse a soluciones a corto plazo, sino que debe considerar un marco a largo plazo, colaborando con múltiples actores para crear un sistema resiliente.
Históricamente, la infraestructura hídrica en Chile ha sido diseñada para condiciones climatológicas relativamente estables. Sin embargo, los escenarios actuales exigen que se reevalúe esta metodología para que las nuevas obras sean capaces de resistir tanto sequías severas como lluvias torrenciales. En este contexto, se vuelve esencial que la resiliencia no sea vista simplemente como un atributo deseable, sino como un criterio fundamental en el diseño de proyectos de infraestructura. Los ingenieros y consultores desempeñarán un papel crucial al anticipar riesgos, integrar datos y modelar diferentes escenarios para presentar soluciones adaptativas que se alineen con necesidades futuras.
Las experiencias de países como Israel, Singapur y los Países Bajos demuestran que la seguridad hídrica no se basa en una única tecnología, sino en una planificación integral, innovación y gobernanza adecuada. Para Chile, es esencial aprender de estas lecciones y avanzar de la reacción a la anticipación frente a la urgencia climática. Aunque el país cuenta con los recursos técnicos y la experiencia necesarios, se requiere una visión compartida y un compromiso a largo plazo que sobrepase estrategias fragmentadas. Solo así se puede construir un futuro hídrico resiliente y asegurado que garantice el acceso al agua tanto para las personas como para el crecimiento productivo.













