La llegada al aeropuerto de Sana’a revela las cicatrices de un conflicto que ha sumido a Yemen en la desolación: aviones carbonizados y torres desplomadas cuentan la historia de una guerra sin cuartel que ha durado ya más de diez años. El 14 de febrero de 2025, la atmósfera es tensa, ya que han pasado 26 días desde el alto el fuego en Gaza, con la previsión de reanudación de los bombardeos en poco más de un mes. Yemen, único país en la península arábiga cuya capital ha sido testigo de la resistencia del movimiento Ansar Allah, lucha por romper el cerco que una coalición liderada por Arabia Saudita y Emiratos Árabes le impone, mientras la comunidad internacional observa en silencio, indiferente al sufrimiento de sus 35 millones de habitantes.
La historia política de Yemen se entrelaza con la narrativa de resistencia y lucha por la dignidad. Desde la formación de Ansar Allah en los años 90 como un movimiento pacífico en contra del wahabismo, hasta el estallido de la Revolución Yemení en 2014, el pueblo ha sido víctima de un sistema opresor que, tras varias guerras, no ha hecho más que profundizar su sufrimiento. Con la fuga del vicepresidente hacia Arabia Saudita y la imposición de un ‘gobierno en el exilio’ que sirve a intereses externos, Yemen ha sido relegado al ostracismo por instituciones que se afirman defensoras de derechos humanos, dejando a su población sin recursos y prácticamente abandonada.
Las calles de Sana’a, aunque bulliciosas y llenas de vida, esconden un rostro de dolor y carencias agudas. Los mercados tradicionales, vibrantes de colores y sonidos, coexisten con imágenes desgarradoras de vidas perdidas en la lucha por la libertad. El sufrimiento es palpable en cada esquina, donde mujeres y niños mendigan en un paisaje de pobreza abrumadora, consecuencia directa del bloqueo que ha llevado la desnutrición y enfermedades a niveles sin precedentes. La falta de recursos médicos ha convertido a hospitales en campos de guerra, donde los detenidos son atendidos con lo que aparece como milagros, mientras el mundo se desentiende.
Las trágicas estadísticas hablan por sí solas: millones de mujeres embarazadas y lactantes sufren desnutrición severa, niños que enfrentan enfermedades prevenibles por décimas vencidas y una crisis humanitaria que no recibe la atención que merece. La violación de derechos humanos está a la vista en cada rincón del país. La comparación con Gaza se vuelve inevitable, donde comunidades enteras sufren bajo bombardeos que no distinguen entre combatientes y civiles. Los ecos de la guerra son los mismos en ambos territorios; el colonialismo y las luchas de poder se reflejan en vidas que claman por justicia.
Mientras el mundo continúa ignorando el clamor yemení, las voces del pueblo resuenan con una determinación inquebrantable. La resistencia en Sana’a se entrelaza con la lucha por la liberación de Palestina, marcada por bombardeos y una brutal represión. Cada conversación sobre política, cultura y filosofía en este contexto revela una profunda conexión entre las realidades de ambos pueblos en lucha. La implicación es clara: Yemen no se detiene en su deseo de rescatar Gaza, desafiando a los poderosos que intentan acallar su voz. La herida de Sana’a sigue sangrando por Gaza, un recordatorio constante de que la lucha por la dignidad humana no conoce fronteras, y que la esperanza de un futuro libre perdura en cada corazón valiente.













